Hace 60 años, Nagoro, un pequeño pueblo de difícil acceso, en Japón; tenía cientos de habitantes. Sin embargo, la gente ha ido muriendo, el trabajo se acabó y los más jóvenes han preferido irse del lugar, desmotivados básicamente por la dura ubicación geográfica.

Ayano Tsukimi, de 67 años, se dio cuenta de que el número de habitantes comenzaba a disminuir dramáticamente, lo que produciría un inevitable olvido de su pueblo natal. Pese a que ella era una más de los que había emigrado, hace ya 14 años decidió volver para cuidar a su padre y comenzó a hacer algo por su villa: reemplazar a las personas que solían vivir en Nagoro por muñecos.

“Son como mis hijos”

Los muñecos “son como mis hijos”, cuenta la mujer. Están por todos lados. Cada tanto se pasea por el pueblo revisándolos, atenta por si es necesaria una reparación o limpieza. Incluso los saluda, les da los buenos días y las buenas noches.

La mujer utiliza palos de madera forrados con papel de diario para confeccionar los muñecos, el pelo lo hace con lana y los viste con la ropa que corresponda según su trabajo o ubicación en el entorno, muchas veces las prendas originales de las personas que representan. Para la cara utiliza medias y botones.

Tsukimi, quien vive sola en la aldea con su padre, está consiguiendo el objetivo de poner a Nagoro en el mapa, de darle vida al pueblo, pese a lo inanimado del grueso de su población. Hoy Nagoro cuenta con 379 habitantes: 29 humanos y 350 muñecos.

Una aldea perdida en el bosque

La historia cuenta que Nagoro, escenario de bosques espesos y enormes acantilados, sirvió hace 800 años como escondite de los “Samurái” del clan Taiga, después del conflicto con el clan Minamoto.

Es tan recóndita su ubicación que la comunicación se hace extremadamente difícil. WiFi no es una palabra común para sus 29 habitantes (pese a que paradójicamente el pequeño autobús que lleva al pueblo, tiene internet) y encontrar personas que dominen un idioma diferente al japonés es imposible.

A sus 67 años, Tsukimi es la habitante más joven de Nagoro. A menudo viaja 240 kilómetros para encontrarse con familiares y conectarse un poco con el mundo real, pero rápidamente retoma su rutina en las montañas. El pueblo, pese a lo desconocido, se ha ido transformando en una particular atracción turística.

La escuela de Nagoro tiene muñecos en lugar de estudiantes.

Tsukimi comenzó haciendo solo muñecos de personas que vivieron en Nagoro, pero luego su creatividad se expandió y ha ido inventando muñecos, diseñando una nueva aldea, creando su propio cuento.

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